miércoles, enero 27, 2010

Planificando en el caos.

Galería Flickr: arquera

En nuestra comunidad un centro de Primaria está inmerso en tres proyectos o tareas "obligadas": revisión del proyecto curricular, planes de mejora de la evaluación diagnóstica y Eskola 2.0. A estos se unen prácticamente en todos los centros tres o cuatro proyectos más, entre los que pueden estar, simplificando el enunciado y sin esgrimir todo el catálogo: diversidad, normalización lingüística, proyecto científico, Agenda 21, género, madurez centro TIC, calidad, comunidades etc. A ellos se unen los que surgen de la convocatoria de actividades de innovación y formación, los proyectos singulares, los de líneas prioritarias etc. Un catálogo finito pero ilimitado, como el mismo universo, por un suma y sigue que se ha ido acumulando curso tras curso desde finales de los noventa.

De la participación en proyectos se espera encontrar soluciones a problemas específicos de la comunidad, mejorar procesos, implementar políticas educativas, todo lo que se entiende por formarse e innovar. Pero también otras razones, como obtener recursos y liberaciones horarias, mejorar la proyección de la imagen o atender a la idiosincrasia propia del centro. La concesión sólo suele tener como límite las partidas presupuestarias destinadas para ello.
Todo esto estaría bien si redundara en la eficiencia, pero basta examinar la actual jornada semanal y anual para ver que es imposible abordar tanto proyecto, quizá por ello la situación en secundaria no es tan acusada, al ser menor ambas. Y aunque así no lo fuera, organizativamente resulta incongruente que de siete u ocho proyectos por centro se pueda sacar el beneficio esperado.

Los sistemas educativos se han vuelto muy complejos, paralelamente la dependencia de los centros respecto a la administración educativa ha aumentado, por más que se quiera descargar en ellos competencias que no pueden afrontar con la actual estructura. Por otro lado, no les puede pedir que se planifiquen mejor cuando los distintos equipos que han pasado durante la última década por el Departamento de Educación no sólo carecen de la misma sino que su influencia y sus exigencias producen el efecto contrario.

Muchos de estos proyectos no tienen ninguna prioridad y la justificación es más retórica que real, otros se relacionan con la actividad de la estructura interna de los servicios de la administración, que con frecuencia se repite autocomplaciente, otros como las revisiones curriculares cuando no surgen de la práctica no son operativas. En segundo lugar, aquellos cuyo calado podría decirse imprescindible deberían integrarse o simplificarse en pro de conseguir resultados. La mejora tiene que incardinarse en un eje, una vez elegido el mismo estructurarse el resto en torno a él. No será fácil dar pasos en esta dirección sin meter la tijera para reducir el catálogo, y poner coto al alcance de cada uno; por ejemplo, los planes de mejora no pueden ser algo ajeno a Eskola 2.0, al menos en los cursos directamente afectados por el plan. En tercer lugar, tienen que tener caducidad, se incorporan a la actividad ordinaria o se les reconoce el carácter temporal.


La planificación de prioridades y la forma de presentación de las mismas para ayudar a los centros a que estos la materialicen las propias, debería ser la primera y redundante prioridad, sin perder de vista lo que siempre debe regir las políticas educativas, tener ideas claras, ver dentro de los problemas y no enmascararlos: no ir a por vino, donde sólo hay agua.

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